Quizás dé luz a lo que quiero decir si cuento que, desde el punto de vista más estricto, una persona que maneja simultáneamente dos nombres ha de ser original, ya lo es el hecho de ser conocida, dentro de un mismo ambiente, por Valle y Miren. Y, todavía, no he dicho nada acerca de su carcajada.
Parece más joven de lo que seguramente es, cuando le propuse el retrato pensó en su pelo casi asilvestrado y quiso llevarlo de otra forma, pero era ese el momento y aceptó.
La velocidad de pensamiento no se limita al cerebro, algo crece hacia los ojos que pronuncia una mirada fugaz, rápida, un brillo apasionado; hay algo feroz en las cejas perfectamente recortadas, reflejan construcciones, recreaciones variadas: que si la fe, que si el mundo, que si la vida... No son cejas despreocupadas; en mi mundo simbólico, si pudiera asimilarlas a algo, diría que son dos plumas azules, levísimas y afines al humo, la espuma de una ola, el mecerse de una hierba larga y fresca. Se adaptan al más suave cambio, casi camaleónicas. Y, todavía, no he hablado de su carcajada.
La nariz también hace juego con las cejas, convoca sin moderación ninguna a la misma sintáxis, es imposible que se escape de la unidad y no tiene lenguaje propio, depende sin remedio de lo que dicen las cejas. Aún no he podido comentar algo sobre su carcajada.
Según la mirada espectadora baja hacia la barbilla van saliendo voces, me gustaría recordar lo que escuché pero, las carcajadas, no me dejaron enterarme de nada.
