La mirada de mis compañeros va más allá de sus ojos, da vergüenza asomarse a
ella y se, de antemano, que igualmente ellos me analizan y ven el recorrido que hago por el rostro, sienten que trazo sus caras antes de dibujarlas sobre el papel. A menudo hago este ejercicio en el metro, recorro el vagón en un vistazo y como un dios de pacotilla selecciono a una persona, me fijo en sus facciones, descubro peculiaridades y dibujo mentalmente, transito despacio y camino lentamente por su perfil o toda su fisonomía;descubro una enorme belleza escondida en lo irregular, lo distinto, aquello que hace que esa persona sea diferente: un rasgo, una asimetría, tal vez un defecto respecto a los cánones. En ese estudio minucioso imagino sus vidas, los avatares que les han provocado las arrugas, ese rictus, una cicatriz, por qué alguien lleva el pelo alborotado, le falta un botón a la ropao sus manos están impolutas.
Recuerdo que, en una preciosa ceremonia de té a la que asistí hace años, me hicieron observar
la hermosura que tiene lo distinto. Los cuencos eran todos diferentes, tenían irregularidades y eso los convertía en únicos, lo que en occidente significa la perfección no tiene nada que ver con el concepto oriental. Algo hecho artificialmente puede llegar a ser perfecto, lo hecho por la mano de un hombre, no y ahí radica su excepción: que el ser humano no puede hacer dos cosas idénticas, que va a dejar huella, mácula en su trabajo y, precisamente eso, será lo que vuelva exclusivo al objeto.
Dibujando a mi compañero Juanpi noté lo difícil que le resultaba mi mirada y permitir que recorriera su rostro, un suplicio. Traté de frivolizar pero he notado que me va a costar ganarme su confianza y que pose tranquilo, sin tensión, con la boca relajada.
servido por merblac
2 comentarios
compártelo