Hace años que quité un cuadro mío enorme que tenía sobre la cama, la gente de bien suele tener un crucifijo, yo tenía una pareja, casi abstracta; estaban de pie, con masas de color que iban de un corazón al otro. A manera de amuleto, cual si de una protección se tratara lo tuve presidiendo nuestra habitación. Sin más, un día lo guardé y coloqué en su lugar un paisaje, igualmente enorme, hecho desde la última terraza de la facultad de Bellas Artes de Madrid. Se ve La Casa de Campo con un cielo tormentoso y al fondo, entre nubes grises, se adivina el perfil de la ciudad.
Desde entonces ya no es lo mismo. Ha entrado la ventolera en nuestra relación, si no discutimos, estamos en esa situación de calma chicha, aburrida, rutinaria y sin chispa. Los días anteriores a la batalla se presentan tensos como el cielo que presagia tormenta, los nubarrones se instalan en nuestras vidas, el aire cargado de electricidad estática vuelve el mínimo roce en un calambrazo y esto hace que nos miremos con recelo cuando nos cruzamos por el pasillo. La luz en la casa se hace fría, color de plomo y el aire exterior parece colarse por cualquier resquicio hasta entrar en el corazón. Durante este otoño parece recobrar más fuerza el paisaje, a ciertas horas, el exterior de la casa y el interior del cuadro llegan a hermanarse y es entonces cuando la atmófera se hace insoportable. Andamos resguardándonos, buscando cobijo, incluso se está más agusto en la calle que dentro de casa; temíamos volver, apagar la luz, pasar la noche.
Mis hijos se han bajado al sótano, cada vez tardan más en subir a sus cuartos, se reunen con los amigos hasta altas horas de la madrugada, cuando vuelven lo hacen a hurtadillas, sin dar las buenas noches y cierran sus puertas hasta la mañana siguiente.
El perro está más huraño que nunca, da vueltas incesantes, recorre las habitaciones inquieto y dando muestras de nerviosismo. Se le escucha gemir sin motivo aparente, hemos llegado a pensar si estará enfermo; tirita en su alfombra a la que muerde sin cesar y ha dejado de mover el rabo cuando llegamos de nuestros trabajos.
Creo que un día de estos haría bien en quitar el cuadro.
servido por merblac
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